"La otra". Así se refirió Rajoy en la intimidad a una persona cualquiera, la vicepresidenta del gobierno, en este caso.
Está claro que llamar a una mujer "la otra" no es la forma más respetuosa de referirse a alguien, aunque, por lo menos esta vez, no ha habido insultos. Sin irnos muy lejos, en este mismo siglo, el mismo señor que llamó así a la vicepresidenta (El Otro, en adelante) dijo que para ser presidente del gobierno debería exigirse algo más que ser español y mayor de edad -en un tono ciertamente peyorativo, dicho sea de paso-.
También calificó de "absurda" una pregunta que él mismo iba a dirigir al presidente del gobierno en una sesión del control -si nos lo paramos a pensar, este inocente comentario menosprecia a mucha gente, empezando por el que le escribió la pregunta, si es que no ha sido él, siguiendo por sus votantes, a los que no gustará mucho que su representante en el congreso haga preguntas absurdas cuando puede hacer preguntas interesantes, y acabando por él mismo, que, a pesar de ser consciente del escaso interés de su pregunta, la formuló igualmente, evidenciando el nulo interés que profesa este señor sobre los problemas de España cuando no se habla de su ETA-.
Puedo seguir por los desplantes, burlas y mentiras que tanto El Otro como su grupo llevan profiriendo desde hace más de tres años (respecto a los atentados de Atocha, la balcanización de España, las excarcelaciones y reducciones de condena a etarras, la venta de Navarra al por mayor...), pero ahora me vienen a la mente otros pequeños detalles del profundo respeto que los militantes del PP demuestran cuando algo no les gusta: la moneda con la que Federico Trillo obsequió a una periodista por hacerle una pregunta que no era de su agrado, las últimas salidas de tono del ex-presidente Aznar (especialmente sus comentarios liberales sobre el consumo de vino), las confesiones ocultas de Zaplana (lo de que está en política para forrarse), el diputado Conde Roa llamando "marimacho" a una ministra...
El respeto no va demasiado con El Otro y los suyos. Aunque quizá no lo necesiten.
Xerardo Conde Roa, el de la "ministra marimacho"
