La situación de la inmigración ilegal en España es particularmente delicada. Prueba de ello es que sólo en el mes de agosto de 2006 han entrado más ilegales que en todo 2005. Este escenario, que molesta a muchos ciudadanos e inquieta a políticos oportunistas, está provocando un ambiente de incertidumbre poco habitual. Los medios de comunicación afines al gobierno quitan hierro al asunto, mientras que los que no lo son tanto se alarman y exigen cabezas de turco.
Mientras tanto, los ilegales que han logrado desperdigarse por la geografía española, se van buscando la vida como pueden. Como son muy pocos los empresarios que se la juegan apostando por ellos, sólo les queda dedicarse a actividades ilícitas, limitadas, habitualmente, a vender los discos piratas que alguien les suministra. En todas las ciudades de España ocurre este fenómeno, con la consecuente presión de los comerciantes, que ven afectados sus negocios por culpa de los negritos que tapan sus escaparates. Especialmente las tiendas de discos.
Particularmente, cada ayuntamiento toma medidas diferentes ante la presión de los comerciantes legales. Quizá mandados por algún político nervioso por el asunto, esta misma semana, una treintena de policías entre efectivos de uniforme y de paisano, prepararon una sorprendente trampa a los ilegales que se encontraban ofreciendo su mercancía a los paseantes de una céntrica calle peatonal coruñesa.

La táctica consistió en cercar con sus vehículos los dos extremos de la calle, de 300 metros de longitud. Los agentes de paisano comenzaron a distribuirse, repartiéndose los vendedores a la espera del momento de actuar. Cuando lo estimaron oportuno, los agentes actuaron con un sonoro grito de “ya” que sobresaltó a viandantes y convecinos. Los efectivos de las policías local y nacional, con sus motos, coches y furgonetas, se introdujeron en la calle ante el estupor y la sorpresa de los ciudadanos. Esta acción impidió huir a los vendedores, que, a pesar de estar totalmente desarmados, fueron detenidos con un ejercicio de autoridad más que contundente, llegando los policías a emplear la fuerza y a esposar a varios de ellos en el suelo, boca abajo y con las manos en la espalda. Las Cartas al director de la prensa local de los días sucesivos se convirtieron en un sinfín de quejas y lamentaciones de los ciudadanos que presenciaron estas detenciones. Todos coincidieron en su desagrado y su malestar por la exagerada contundencia de la actuación policial.
Esperemos que este golpe a la piratería haga recapacitar a estos osados vendedores. Ahora ya saben que la policía secreta anda detrás de ellos, y que el delito de intentar salir adelante está, por lo menos, igual de perseguido que otros delitos dignos de investigar por agentes de paisano.
Mientras tanto, los ilegales que han logrado desperdigarse por la geografía española, se van buscando la vida como pueden. Como son muy pocos los empresarios que se la juegan apostando por ellos, sólo les queda dedicarse a actividades ilícitas, limitadas, habitualmente, a vender los discos piratas que alguien les suministra. En todas las ciudades de España ocurre este fenómeno, con la consecuente presión de los comerciantes, que ven afectados sus negocios por culpa de los negritos que tapan sus escaparates. Especialmente las tiendas de discos.
Particularmente, cada ayuntamiento toma medidas diferentes ante la presión de los comerciantes legales. Quizá mandados por algún político nervioso por el asunto, esta misma semana, una treintena de policías entre efectivos de uniforme y de paisano, prepararon una sorprendente trampa a los ilegales que se encontraban ofreciendo su mercancía a los paseantes de una céntrica calle peatonal coruñesa.

La táctica consistió en cercar con sus vehículos los dos extremos de la calle, de 300 metros de longitud. Los agentes de paisano comenzaron a distribuirse, repartiéndose los vendedores a la espera del momento de actuar. Cuando lo estimaron oportuno, los agentes actuaron con un sonoro grito de “ya” que sobresaltó a viandantes y convecinos. Los efectivos de las policías local y nacional, con sus motos, coches y furgonetas, se introdujeron en la calle ante el estupor y la sorpresa de los ciudadanos. Esta acción impidió huir a los vendedores, que, a pesar de estar totalmente desarmados, fueron detenidos con un ejercicio de autoridad más que contundente, llegando los policías a emplear la fuerza y a esposar a varios de ellos en el suelo, boca abajo y con las manos en la espalda. Las Cartas al director de la prensa local de los días sucesivos se convirtieron en un sinfín de quejas y lamentaciones de los ciudadanos que presenciaron estas detenciones. Todos coincidieron en su desagrado y su malestar por la exagerada contundencia de la actuación policial.
Esperemos que este golpe a la piratería haga recapacitar a estos osados vendedores. Ahora ya saben que la policía secreta anda detrás de ellos, y que el delito de intentar salir adelante está, por lo menos, igual de perseguido que otros delitos dignos de investigar por agentes de paisano.
