Hay una palabra que no me gusta nada cómo suena en boca de los sujetos que normalmente la pronuncian. Es la palabra "electoralismo". Es muy molesto escuchar a alguien acusar de "electoralista" cuando realmente tiene muchas cosas de las que callar. Entre ellas, de electoralismo. Y de una magnífica e impecable hipocresía.
Acusar de electoralismo es, además de electoralismo, infantilismo. "Oiga, le están regalando esto para que luego les vote". Ah. Ya. Pero usted me lo está advirtiendo para que le vote a usted. ¡No te jode! "Oiga, que en el País Vasco no ondean las banderas de España". ¿Ondeaban cuando gobernaba usted? "La vivienda no deja de subir" ¿Cuánto bajó cuando gobernaba usted? Podría seguir durante líneas y líneas.
Los actos de los políticos son tremendamente hipócritas. Nunca son sinceros, jamás dicen lo que piensan realmente, con el único fin de no perder ningún voto. Medir las palabras está bien, pero mentir no lo está tanto. Desde el punto de vista humano, es abominable que los políticos dejen para el final de la legislatura la ejecución de las medidas que más pueden gustar o favorecer a los votantes, con el único fin de que lo tengamos fresco a la hora de ir a votar. Se hacen más cosas el último año de las legislaturas que en los tres anteriores. Desde el punto de vista político, sería un suicidio hacer lo contrario. Es decir, que si el PSOE hubiera hecho al principio de la legislatura la aprobación del cheque-bebé y hubiese dejado para el final el controvertido desarrollo del Estatut, la imagen que resultaría sería muy negativa, y los ataques de la oposición se quedarían en la retina política de los ciudadanos a corto plazo, regalando la victoria posterior al PP. Es por ello por lo que se deja lo mejor para el final. Y han aprendido que lo que más se valora son las ayudas económicas. Lucen una barbaridad, aunque no siempre sean justas (como no es justo el cheque-bebé).
Es por todo esto por lo que es muy vergonzoso que un político tache a otro de electoralista. Si un opositor acusa a otro opositor, señalándolo con el dedo, de estudiar mucho los últimos días antes del examen, nos da la risa. Igual que si un deportista acusa a otro por entrenar muy arduamente para poder competir. Igual que cualquier otra persona que prepara algo antes de hacerlo. Sólo que en ellos, en los políticos, es mucho más grave.
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